En la noche del 31 de diciembre de 1978, un incendio acabó con la iglesia del colegio Instituto La Milagrosa de Santa Marta. Ese día, pero al mediodía, había ocurrido un crimen de un hombre, casi que a la entrada de esa misma capilla, por lo que muchas personas, sobre todo las señoras devotas, le echaron la culpa al hecho de sangre. Dejaron entrever que Dios había causado la conflagración en la iglesia como castigo por haberse perpetrado aquel execrable asesinato al pie de una de sus casas en la Tierra. Aunque yo acababa de cumplir la mayoría de edad o mis primeros 18 años, confieso sin pena que llegué a pensar que podía ser cierta esa versión de las señoras creyentes. Sobre todo por como fue ejecutado el homicidio contra una persona que no tuvo la oportunidad de demostrar su inocencia, porque fue sindicada, juzgada y condenada a la muerte en menos de cinco minutos. El hombre asesinado había cometido un error momentos antes, que desconocía porque no era oriundo de la ciudad o recién...